
José Luis Pachman
Un elefante, un pesado elefante obstruye la principal avenida de la ciudad, le tocan bocina, lo insultan, pero apenas puede mover sus redondas patas para poder llegar a su trabajo. Está muy ocupado pensando, porque tiene la virtud o la desgracia de una memoria prodigiosa. Recuerda con recelo al cazador blanco apuntando con una carabina de grueso calibre. Pero es sólo un momento y luego se desvía por un baldío para descongestionar el tránsito. Pronto llega a la oficina, que fue diseñada para su tamaño, y se sienta al lado de su secretaria joven, bilingüe, rubia de ojos celestes que sueña con tener una casa y muchos hijos. Entre lluvia de papales hacen pausas de trabajo, ella le hace masajes en su trompa y él se olvida del cazador blanco. Aunque la chica es humana y él un viejo paquidermo, esto no les impide soñar. Porque a la secretaria le gustan los imposibles y a su jefe también. Ella quisiera ser una elefanta y él tener el tamaño de un hombre, pero tienen miedo y el miedo se parte de la realidad. No obstante la joven olvida las utopías y se conforma acariciando la enorme trampa arrugada, él en cambio sólo mira la manito pálida llena de anillos y uñas pintadas.
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